jueves, 14 de febrero de 2008

Millás y los sintagmas nominales


El 18 de febrero de 2005, Juan José Millás publicó en El País la siguiente columna:




En resumen

Complejo Azca. Pavoroso incendio. Voraces llamas. Fuego devastador. Corazón financiero. Esqueleto espectral. Perímetro de seguridad. Núcleo de hormigón. Altas temperaturas. Lenguas ardientes. Catarata de lava. Escape de gas. Estrategia defensiva. Gigantesca antorcha. Inmuebles colindantes. Coloso en llamas. El Corte Inglés. Barreras cortafuegos. Estructura caliente. Enfriamiento lento. Plancha de hormigón. Amasijo de hierro. Cristales rotos. Columna de humo. Emergencias sanitarias. Cuerpo de Bomberos. Dotación policial. Autoridades municipales. Sellado hermético. Delegado del Gobierno. Sobrecogedor espectáculo. Equipos autónomos. Mangueras sin presión. Suministro eléctrico. Inmuebles aledaños. Nuevos Ministerios. Servicios de cercanías. Trenes de largo recorrido. Complejo comercial. Tráfico rodado.

Restricciones de paso. Licencia de obras. Normativa contra incendios. Situación crítica. Voladura controlada. Enorme tragedia. Licencia municipal. Genaro Alas. Pedro Casariego. Torre Windsor. Responsabilidad civil. Materiales ignífugos. Gas natural. Productos inflamables. Rociadores automáticos. Efecto chimenea. Propagación vertical. Sistemas de evacuación. Daños materiales. Heridos leves. Trama subterránea. Cristal reticulado. Estragos causados. Comportamiento ejemplar. La noche más larga. Compañías aseguradoras. Planta técnica. Carga de fuego. Pérdidas económicas. Materiales combustibles. Imperio inmobiliario. Familia Reyzábal. Valor de mercado. Buque insignia. Pool asegurador. Lluvia de cenizas.

Firmas afectadas. Importe de la póliza. Protocolos de seguridad. Zona cero. Tensa espera. Resistencia de materiales. Edificio emblemático. Visión dantesca. Actividad comercial. Gerencia de urbanismo. Hito arquitectónico. Cortocircuito eléctrico. Paseo de la Castellana. Inhalación de gases. Equilibrio inestable. Compás de espera. Informes técnicos. Comprensión ciudadana. Pasto de las llamas. Cadena de fallos. Siniestro total. Labores de extinción. Situación crítica. Virulencia sorprendente. Fuentes de la empresa. Diseño de planes. Cámaras térmicas. Número 112. Tareas de prevención. Numerosos efectivos. Evaluación de daños. Demolición inminente.

A mí me pareció genial y me lo sigue pareciendo. Supongo que vosotros, esforzados compañeros del curso sobre el Blog, sabréis enseguida de qué está hablando. Los alumnos, como ya han pasado casi tres años, no sé si lo recordarán. Incluso alguno puede que ni lo sepa. Así que para las memorias flacas y los desconocedores puede ser bueno hacer un primer ejercicio:

Busca en la hemeroteca de El País noticias referentes al incendio del edificio Windsor. http://www.elpais.com/archivo/buscador.html

Es una buena oportunidad para conocer la edición digital de un periódico, además.

A continuación creo que debemos hacer ver a los alumnos que en el texto aparecen todas las posibilidades de construcción en español de un sintagma nominal (ejercicios posibles para que lo anterior quede claro: 1) Busca todos los verbos que aparecen en la columna. 2) Señala ejemplos de las diferentes posibilidades de construcción de un sintagma nominal en español)... y nada más.

Y sin necesidad de ningún verbo, el texto tiene pleno sentido. He ahí el hallazgo formal de la columna. Claro, restituimos fácilmente (¿fácilmente?) lo que falta. Es el momento, entonces, de hacer el ejercicio que propongo:

Reescribe el texto (o uno de sus párrafos: no es cuestión de trabajar mucho, tampoco) añadiendo todos los elementos que creas necesarios, pero sin dejar de usar todos los sintagmas nominales que aparecen. Si alguno quiere hacerlo más difícil puede a) no variar el orden de aparición de los sintagmas nominales, b) construir una oración con cada uno de los sintagmas nominales, en vez de combinar varios en una.

El resultado debe ser, me parece, textos parecidos y a la vez diferentes entre sí, pero que conserven el contenido que se nos transmite en el texto de Millás. Bueno, a ver qué sale.

Si alguno se le ocurre algún otro ejercicio que se pueda hacer con el texto, que sea tan amable de comunicarlo a través de los conductos habituales.








jueves, 24 de enero de 2008

Dos tristes despedidas






Adiós, Ángel González. Adiós, George MacDonald Fraser.
De la muerte de Ángel González se ha dado abundante noticia. Con razón: es un enorme poeta, querido y leído por la crítica y el público.
De la muerte de George MacDonald Fraser sólo he visto un obituario de Jacinto Antón en El País. No sé si es muy conocido en España. Supongo que sí y espero que sí. Sin embargo, yo no supe de su existencia hasta el verano de 2006, cuando me atrajo la portada de la última novela del personaje que le ha dado fama, Harry Flashman. Un equívoco feliz, por cierto: pensé que compraba una obra de aventuras escrita en el siglo XIX, una especie de Las cuatro plumas o algo así y el caso es que la edición en inglés databa de un año antes y, quizá, si me hubiera parado a curiosear ese dato en la librería, la hubiera desechado, pues andaba buscando algo de aventuras, pero algo clásico (otro El prisionero de Zenda, por favor). El caso es que la lectura de Flashman a la conquista de Abisinia fue una de las mejores cosas del verano de 2006. Desde entonces, suponiendo que exista tal cosa, soy un converso a la religión Harry Flashman.
Desde su primer libro, Áspero mundo (1956), hasta el último, Otoños y otras luces (2001), Ángel González nos dejó excelentes poemas. Están reunidos en sus obras completas, Palabra sobre palabra. Si no los habéis leído ya, leedlos: no os defraudarán, seguro.
MacDonald Fraser era, fundamentalmente, un novelista. Debe su fama a la serie de novelas protagonizadas por "el adorable canalla Harry Flashman, cobarde, villano y mujeriego" (son palabras de Jacinto Antón). Flashman es un oficial británico que se ve envuelto, a lo largo de doce novelas, en los acontecimientos históricos más importantes de la época victoriana. Por la única novela que he leído (es estupendo saber que aún me esperan otras once) yo diría que se ve envuelto a su pesar. Todo es fruto de un malentendido: todos le creen un valiente, un caballero, un héroe y él no es, me parece a mí, sino un vividor con suerte que sabe salir airoso de cualquier situación.
Es triste tener que despedirse. Adiós, Ángel González. Adiós, George MacDonald Fraser. Es una pena que desaparezca gente así: estamos un poco más huérfanos.
Como homenaje, a continuación, un poema del primer libro de Ángel González y unas líneas del último de los libros de las aventuras de Harry Flashman. Poco es, claro, pero seguro que se os abre el apetito de más: buscad sus libros sin demora.
MUERTE EN EL OLVIDO
Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
--oscuro, torpe, malo-- el que la habita.
El viejo Flash puede ser un modelo de los peores vicios: lascivia, traición, cobardía, engaño y negligencia en el cumplimiento del deber, todo ello corregido y aumentado, como saben, y mucho más aún, pero el robo no le va en absoluto. Bueno, sí, la necesidad imperiosa puede haberme conducido a quedarme con algo aquí y allá, ocasionalmente, pero nada a gran escala... [...] Si hay algo que valoramos de verdad los cobardes de pura cepa es la tranquilidad mental, y no puedes tenerla si eres un fuera de la ley perseguido y lejos de tu hogar para siempre. (p. 39)
--Sé que no habrá resultado fácil para usted. Quizá para algunos de nuestros viejos camaradas, hombres duros con un sentido del deber férreo, [...] podría haber parecido algo que no estaba fuera de lo normal... pero para usted, no, no lo creo. No para alguien en quien, según creo, el deber se ha visto siempre templado por la humanidad, sí, y por la caballerosidad. No --concluyó mirándome a los ojos--, para Harry Flashman, el hombre de buen corazón --se levantó y me volvió a estrechar la mano--. Gracias viejo amigo. Y dicho esto, no volveré a decir nada más.
Yo me quedé sentado, parpadeando y en silencio, pero no por vergüenza varonil, sino por el asombro ante su notable mala interpretación de mi verdadera naturaleza. Toda mi vida la gente me ha valorado por mi aspecto, suponiendo que un tipo tan grandote, con un aire tan fanfarrón y temerario debía de ser un héroe, pero allí tenía una nueva mala interpretación asombrosa. (pp. 447-448)